México - Abuelita Rose
- curvesandcracks

- hace 20 horas
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Hoy es Domingo de Ramos, el día en que el Señor hizo su entrada triunfal en Jerusalén.
México es un país profundamente cristiano, donde las festividades religiosas marcan la vida cotidiana e impregnan la cultura de un fervor genuino.
Este día me trae de vuelta una oleada de dulces y poderosas emociones: recuerdos de la infancia junto a la abuela Rose. Esta mujer extraordinaria iluminó mis primeros años con tanto amor y ternura.
Vivía muy cerca de mí y era mucho más que una abuela: era mi refugio, mi confidente y mi mayor lección de vida. ¡Cuántas noches mágicas pasamos jugando a las cartas! Me enseñó los números, pero sobre todo, el delicado arte de perder con elegancia… y con una sonrisa.
¿Te entraba un poco de hambre después de una partida de cartas? La abuela transformaba al instante la cocina en un taller de feliz. Sacaba su famosa sartén de hierro fundido de una vieja estufa de leña, la ponía en el fuego y decía con un guiño: «Así se hacen las auténticas tortitas de trigo sarraceno, mi querida». Jamás olvidaré la mantequilla derritiéndose lentamente sobre las tortitas aún calientes, generosamente bañadas en jarabe de maple, ese preciado «oro de Quebec». Cada bocado era un bálsamo para el alma.
El único pequeño truco en casa de la abuela... ¡era la hora de la siesta! Si me equivocaba de hora y llegaba justo en el momento equivocado, me miraba con su dulce carita y decía: "Es la hora de la siesta. ¡Todos están dormidos, incluso las niñas que calcularon mal su horario!". El resultado: me encontraba tumbada en el sofá, con los ojos bien abiertos, esperando pacientemente a que pasara el tiempo...
Uno de mis recuerdos más entrañables es aquel Domingo de Ramos cuando, al volver de la iglesia, me enseñó a hacer pequeñas pez con las ramas de palma benditas. Estos pequeños tesoros trenzados se colgaban sobre las puertas para proteger la casa y a sus habitantes durante todo el año. Me maravillaba la magia que se desplegaba entre mis dedos. Unos cuantos giros hábiles y ¡voilà!: ¡una auténtica pez!
Aún hoy, cada vez que trenzo estas ramas, el aroma fresco y verde, la suavidad de las hojas y el gesto repetido me transportan directamente a sus brazos. Siento una punzada de nostalgia, me arden los ojos… y sonrío al pensar en ella.
Abuela Rose, la mejor de las abuelas. La que siempre me decía, cuando estaba triste… “Con el tiempo, todo pasa”.

Mil gracias a Louise, mi vecina de Puerto Morelos, por regalarme una rama cuando regresó de la iglesia y así traer de vuelta todos estos hermosos recuerdos.






















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